Giselle, una pieza clave del ballet romántico

Obra maestra total del teatro danzado del período romántico, Giselle aúna en admirable síntesis las características técnicas, dramáticas y estilísticas de la época. Todavía hoy continúa siendo una pieza fundamental de las grandes compañías de ballet internacional y su protagonista, una cándida muchacha de aldea que en la segunda parte de la creación se metamorfosea en “willi” en medio de una misteriosa foresta, un rol consagratorio para toda bailarina que se precie.

Foto destacada: Genoveva Suru y Víctor Filimonov, en la versión de Giselle de la temporada 2003 del Teatro Argentino de La Plata, foto de Guillermo Genitti.

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Graciela Sultanyk como Giselle, temporada 1972 del Teatro Argentino de La Plata

Pensada para el arte y la personalidad de Carlotta Grisi, una joven “etoile” italiana descubierta por la perspicacia de Jules Perrot y bailarina de la antigua Opera de París, Giselle o Las willis reunió en su gestación a grandes creadores del ballet romántico tales como el escritor Théophile Gautier –quien trabajó en la redacción del libreto con Jules Henri Vernoy de Saint-Georges-, el músico Adolphe Adam y los coreógrafos Jean Coralli y Jules Perrot.

 

Théophile Gautier, en lo que constituye el primer libreto para un ballet, tuvo su fuente de inspiración en una antigua leyenda eslava recogida por Heinrich Heine. Esta expone el misterioso mito de las “willis”, criaturas que no son más que almas en pena de novias muertas antes de sus bodas que incitan a los jóvenes enamorados que las persiguen o que eventualmente se cruzan con ellas, a danzar hasta arribar al reino de la muerte.

Giselle 2006
Las wilis, ballet GISELLE, 2006. Foto de Guillermo Genitti / Teatro Argentino de La Plata

La temática de Giselle, que evoca en última instancia una de las claves del pensamiento cristiano, es decir, el sacrificio necesario para redimir al hombre de sus culpas, se convirtió en totalmente apto para ser desarrollado según los códigos del romanticismo, el gran movimiento estético que rigió a todo el siglo XIX. Pero fue tan potente el mensaje poético de la obra, que más allá de corresponder con los ideales de la época en que fue gestada, se transformó en una verdadera expresión del dolor y del idealismo del ser humano que todavía es capaz de conmover a los hombres de las más diversas culturas de los tiempos contemporáneos.

1972 ballet giselle Marta Steinhebel - Giselle-Puppy Goren
1972 ballet Giselle, Marta Steinhebel – Foto de Puppy Goren

En lo referente al trazado coreográfico y principalmente por la influencia de Jules Perrot, la obra marcó una notable evolución del lenguaje dancístico que derivó en una nueva forma de teatro-danza en la que confluyen el paso y el gesto, la expresión, la mímica y el movimiento. Si bien la trascendencia de las danzas en Giselle se debieron fundamentalmente al talento de Perrot,  sería injusto subestimar la importancia de Jean Coralli en el diseño de los conjuntos, tal como se ve  en las grandes secuencias del segundo acto, apoteosis del ballet blanco.

La partitura musical de Adolphe Adam (1803-1856), compositor francés de gran predicamento en la época, a veces no apreciada en su justo valor, debe ser revalorizada por su innegable encanto y sobre todo por la manera sumamente inteligente en que se adapta a las acciones previstas por el argumento. Sobresalen claramente junto a la variedad y la frescura de las melodías, la invención de nuevos recursos como la introducción del “leit motiv” que asegura la unidad dramática del sustento musical. El mismo Serge Lifar, artista que en un principio por prejuicios intelectuales no fundados suficientemente, rechazó el trabajo de Adam, revisó más tarde su posición y la defendió de las acusaciones de “sensiblería”: “es  una música sentimental y no una  música dramática” expresó el bailarín y coreógrafo de Phédre.

Según comentarios llegados hasta nuestros días, se afirma que Adam escribió Giselle  en apenas una semana. Es probable. Ello viene a confirmar la proverbial rapidez en la escritura de quien en menos de treinta años de actividad concretó, entre otras composiciones, cuarenta y una óperas-comiques y trece ballets. Esta premura y evidente rigor profesional no desvaloriza de ninguna manera la riqueza total de la bella partitura.

Para el gran historiador argentino de la danza, Enrique Honorio Destaville “el trabajo de Adam tradujo en el pentagrama notas de cálido romanticismo en los diálogos danzados y pantomimados de los protagonistas. Pinta siempre a Hilarión con trazos de suma brusquedad, como quien irrumpe brutalmente destrozando el universo idílico; destaca la alegría del retorno de los vendimiadores, la ternura de la madre de la joven; y en la escena de la locura enfatiza los contrastes de timbre que conforman la impresión exacta de la tragedia psíquica de la heroína. Cuando el telón cae al culminar el primer acto, es indudable que la frágil ilusión de Giselle -verosímil y terrena- ha llegado a su fin.

Adam también indica el camino para que -en la segunda parte- la música transporte al ambiente irreal, acentuado por la foresta brumosa y sólo penetrado por la luz de luna. Las melodías, los ritmos, son también exacto ejemplo de lo que el gusto de la época imponía al compositor: mantener la métrica requerida por el coreógrafo, realzar algunos pasos en el pentagrama. Ya desde el estreno la partitura de Adam fue interpolada al promediar el primer acto con el Pas Paysans, extenso pas de deux que se hizo famoso y casi inseparable del resto. Su autor es Friedrich Burgmüller -de la orquesta de la Ópera- llamado de urgencia para componerlo muy danzante”.

Su estreno, que constituyó un genuino suceso artístico, ocurrió el 28 de junio de 1841, en el Teatro de L’Opera de París con la participación con la citada Carlotta Grisi en el rol de Giselle y del refinado y brillante “danceur” Lucien Petipa en la personificación de Albrecht. Además de elevar a la Grisi a un plano realmente célebre, ya que por ocho años seguidos a la “prémiere” de la obra fue la intérprete exclusiva del personaje central, se convirtió por sus exigencias técnico-expresivas en un compromiso insoslayable para toda figura que busque su consagración. Como se dijo antes, todas las compañías de ballet, importantes o no, grandes o pequeñas han incorporado Giselle a sus repertorios, asignándole en las carteleras un lugar de privilegio sólo comparable al que posee El lago de los cisnes, por ejemplo.

Repasar históricamente las alteraciones a la partitura original, las adaptaciones coreográficas y los cambios sufridos por la obra desde su estreno mundial resultaría interminable. Asimismo, no siempre se respetó el entorno plástico que la creación de Coralli y Perrot tuvo desde el comienzo.

No se puede –ni se debe- eludir la mención de las reelaboraciones que hizo el gran Marius Petipa del original, a partir de 1884 en Rusia. Ellas fueron la base de las producciones contemporáneas de la obra. Tampoco puede dejar de mencionarse que este ballet, ausente en el repertorio de los teatros de París desde 1868, fue exhumada en 1910 por los celebérrimos Ballets Russes de Serge Diaghilev con Tamara Karsavina y Vatzlav Nijinsky como protagonistas y con Michel Fokin como coreógrafo responsable.

Por Marcos Napoli.
(*) Periodista y docente graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Desde 1987 trabaja en el Teatro Argentino La Plata, está a cargo del Archivo Histórico y es el editor responsable de los contenidos de los programas de mano de ese coliseo.

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